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D.19. AGA-83-07633 exp. 4

# Embajada de España

## NO 507

IBEROAMERICA

DIRECCION GENERAL DE POLICIA EXTERIOR

PARA IBEROAMERICA

ENTRADA

Fecha 25 MAYO 1981

N° 1707

EXCMO SEÑOR:

Adjunto tengo a honra remitir a V.E. recorte del artí-

culo "Monarquía Nacional" aparecido hoy en la página editorial

de "Novedades", en el que su autor, Julian Marias, pone sob-

re todo de relieve el enorme prestigio del Rey Don Juan Car-

los ante el pueblo español y en el ámbito internacional, por

su impecable, ejemplar actitud democrática desde que asumió

la jefatura del Estado y particularmente en relación con

los acontecimientos del 23 de febrero pasado.

Dios guarde a V.E. muchos años.

* Rup.

* 0,0 + schod.

* + men

* 4. Rio de p.v.

Excmo.Sr. Ministro de Asuntos Exteriores. Madrid.

Novedades

13-7-81 507

### Monarquía

### Nacional

Por Julián Marías

La actitud del Rey, y su conduc-

ta, en dos momentos recientes,

uno delicado (Guernica) y otro gra-

vísimo (el secuestro del Congreso y

el gobierno el 23 de febrero) han au-

mentado increíblemente su presti-

gio. Como el prestigio es aquel irreal

poder que más conviene a los reyes,

creo que los españoles debemos feli-

citarnos. El que más y el que menos

piensa que si no fuera por el Rey, a

estas horas no tendríamos en Espa-

ña democracia, libertad política ni

derechos ciudadanos. Algunos cier-

tamente lo deploran, pero creo que

la mayoría ha visto pasar por delan-

te un fantasma amenazador, que le

ha producido un estremecimiento.

De esa convicción se sacan algu-

nas consecuencias; pero me pregun-

to si son las adecuadas. ¿Se trata del

rey o de Juan Carlos I? Algunos di-

rán que se trata del rey Juan Carlos

I, único concreto y efectivo. eviden-

temente es así, pero mi pregunta no

es superflua ni retórica. No son po-

cos los que, después de haber reta-

ceado todo lo posible las funciones y

poderes del rey, hasta intentar redu-

cirlo (ya que no habían podido elimi-

narlo) a una figura decorativa, están

ahora encantados de que nos haya

sacado las castañas del fuego, y

cuentan con ello en el futuro. Los

que no han querido que el Rey sea

cabeza de la Nación, esperan que

sea Jefe de Bomberos del Reino.

El prestigio de Juan Carlos I se

funda -aparte de sus admirables

condiciones personales en que ha

sabido ajustarse con rigor a su con-

dición de Rey de España. Hasta tal

punto, que ni siquiera a los senado-

res reales hizo la menor presión, la

menor indicación de cuáles eran sus

preferencias o sus deseos. Puso en

marcha la transformación política

de España, la confió a quien le pare-

cía capaz de realizarla y dejó que la

legalidad vigente engendrase una le-

gitimidad total, a la cual se sometió

escrupulosamente, por lo cual quedó

absoluta, irreprochablemente legiti-

mado. Y desde entonces, desde que

la Constitución completó la arquitec-

tura del Estado, el Rey ha sido es-

trictamente un rey constitucional al

servicio de la nación entera y, recí-

procamente, sostenido por ella (sal-

vo los sediciosos de cualquier color).

¿Qué significa esto? ¿ ¿Es una nove-

dad? Si se piensa en el régimen an-

terior, por supuesto. Si se recuerda

la República establecida hace cin-

cuenta años, hay que hacer algunas

restricciones. El Presidente era

hombre de partido; ciertamente de-

bía olvidar esta condición, y el ori-

gen de su mandato, una vez alcanza-

da la Presidencia; pero esto no es

fácil. Las Cortes del Frente Popular

destituyeron a Alcalá Zamora sin

dejarle terminar su mandato presi-

dencial, por haber seguido sus con-

sejos y disuelto las Cortes de 1933.

En cuanto a Azaña, su concepción

de la República estaba ligada al par-

aclara esta expresión. Para Ortega,

la raíz de los males de España, des-

de hace siglos, es el particularismo,

la desintegración, el hecho de que

las partes del todo empiecen a vivir

como todos aparte. «La esencia del

particularismo -escribe- es que

cada grupo deja de sentirse a sí mis-

mo como parte, y, en consecuencia,

deja de compartir los sentimientos

de los demás». Por eso es caracte-

rística de ese estado social la hiper-

sensibilidad para los propios males.

Se pensará en los movimientos sepa-

ratistas, escisionistas dentro de la

nación; así es, y de ellos habla larga-

mente Ortega, pero los considera co-

mo ejemplos o manifestaciones de

ese particularismo que es su verda-

dera raíz y que se extiende a todas

las «partes» de España, en cualquier

sentido que se tome esta expresión.

«Empezando por la Monarquía y si-

guiendo por la Iglesia, ningún poder

nacional ha pensado más que en sí

mismo». «Monarquía e Iglesia se

han obstinado en hacer adoptar sus

destinos propios como los verdade-

ramente nacionales». «La vida social

española ofrece en nuestros días un

extremado ejemplo de este atroz

particularismo. Hoy en España, más

bien que una nación, una serie de

compartimientos estancos». Monar-

quía, Iglesia, políticos, el grupo mili-

tar, las clases sociales, las regiones,

se entregan al particularismo en lu-

gar de sentirse como partes que tie-

nen que contar con las demás: es lo

que Ortega llama nacionalización.

Las esperanzas en que la Monar-

quía supiera y quisiera «nacionali-

zarse» se han pedido enteramente en

1930. El 15 de noviembre publica Or-

tega en El Sol su famoso artículo

«El error Berenguer». Cree Ortega

que la Monarquía tenía el deber de

haberse extenuado, hora por hora,

en corregir los defectos de los espa-

ñoles, en vez de especular sobre

ellos, «excitando la vitalidad política

del español, haciéndole hiperestési-

co para el Derecho y la dignidad ci-

vil».

«Supongamos un instante-dice

Ortega que el advenimiento de la

Dictadura fue inevitable. Pero esto,

ni qué decir tiene, no vela lo más mí-

nimo el hecho de que sus actos des-

pués de advenir fueron una crecien-

te y monumental injuria, un crimen

de lesa patria, de lesa historia, de le-

sa dignidad pública y privada. Por

tanto, si el Régimen la aceptó obli-

gado, razón de más para que al ter-

minar se hubiese, con leal entereza,

con natural efusión, abrazado al pue-

blo y le hubiese dicho: Hemos pade-

cido una incalculable desdicha. La

normalidad que constituía la unión

civil de los españoles se ha quebra-

do. No existe el Estado Español.

¡Españoles: reconstruir vuestro Es-

tado!>>>

Es haber querido «salir del paso»,

realizar la política el «aquí no ha pa-

sado nada», fue el «error Berenguer,

de que la historia hablará». Es lo

que llevó a Ortega a concluir su ar-

tículo con la frase famosa: Delenda

est Monarchia.

¿Cuál es la situación actual, medio

siglo después? No hay que «naciona-

lizar» la Monarquía, porque ha naci-

do nacionalizada. Se ha puesto desde

el primer día desde antes de su le-

gitimación dinástica y democrática

- al servicio de España en su inte-

gridad, ha buscado su figura no mi-

rando a la conveniencia particular,

ni siquiera a la memoria del pasado,

sino a las exigencia españolas en el

último cuarto de siglo. En lugar de

tomar sus destinos propios como si

fueran los nacionales, ha visto que

los destinos de la nación son los que

justifican y legitiman a la Monar-

quía. Ha impulsado la vida nacional,

ha excitado la sensibilidad de los es-

pañoles para la dignidad civil, ha

ejercido en nombre de ella es de-

cir, del Gobierno constitucional-el-

mando de las Fuerzas Armadas; ha

mantenido, con entereza, con evi-

dente riesgo, «la unión civil de los es-

pañoles».

Tenemos una Monarquía Nacio-

nal, sin particularismo, sin egoísmo,

sin vanidad, sin temor. Su fuerza le

viene de su absoluto respeto a la co-

munidad nacional de que es cabeza,

de su aceptación integra de su es-

tructura política, de su función de

servicio desde la cúspide. No es líci-

to pedirle que ejerza funciones que

no tiene; no es decente esperar que

lo haga en beneficio de nadie que no

sea España en su totalidad política-

mente organizada; es quimérico

pensar que pudiera hacerlo a las ór-

denes de nadie.

Es claro que el rey ha intensifica-

do gradualmente su poder; se en-

tiende, su poder espiritual, hecho de

estimación, respeto, prestigio; es el

que le corresponde, el que llevo pi-

diendo cinco años completos. Pero

¿quién cree que el poder espiritual

no es poder

tidismo (puede verse en el No. 2 de

Cuenta y Razón lo que decía el 7 de

junio de 1931, y los que no habían leí-

do su Velada en Benicarló tienen

ocasión de escuchar en adecuada

versión teatral lo que opinaba de los

dos beligerantes de la guerra civil,

desde 1937, a pesar de lo cual siguió

presidiendo uno de los dos bandos

hasta casi el final).

Pero se dirá - ¿y más allá, du-

rante los largos años de la Monar-

quía? Quiero recordar la actitud an-

te ella de Ortega, en tres momentos

significativos: 1914, 1921 y 1930. Hay

que ver cuál es el nervio de su inter-

pretación de la Monarquía y lo que

para él era lo decisivo, la exigencia

primaria de la cual dependía la posi-

ción que frente a ella se debiera to-

mar.

En su conferencia Vieja y nueva

política (23 de marzo de 1914), Orte-

ga trata extensamente de las formas

de gobierno. Ve con simpatía «un

movimiento que ha puesto a muchos

republicanos españoles en ruta hacia

la Monarquía»; cree que «lo único

que queda como inmutable e impres-

cindible son los ideales genéricos,

eternos, de la democracia»; y con-

cluye: «Somos monárquicos, no tan-

to porque hagamos hincapié en ser-

lo, sino porque ella -España- lo

es». Y aclara: «Esperamos de la Mo-

narquía, en lo sucesivo, no sólo que

haga posible el derecho y que se re-

cluya dentro de la Constitución, sino

mucho más: que haga posible el au-

mento de la vitalidad nacional». «La

monarquía tiene que justificar cada

día su legitimidad, no sólo negativa-

mente, cuidando de no faltar al dere-

cho, sino positivamente, impulsando

la vida nacional». Y, después de cri-

ticar el «lealismo» de Cánovas, que

reaparece en Maura, llega a la

fórmula decisiva: «Sobre la Monar-

quía hay por lo menos dos cosas: la

justicia y España. Necesario es na-

cionalizar la Monarquía».

¿Qué quiere decir esto? Siete años

de pués, en España i vertebrada, se